Esta exposición muestra la culminación de dos trimestres de práctica y diálogo a través de la pintura japonesa sumi-e. Comienza con la flor de cerezo, un símbolo de resiliencia y renovación. Florecer bajo la dureza del invierno nos enseña sobre la fuerza interior y la capacidad de prosperar en la adversidad. Esta energía inicial se expande en el concepto de Sansui Sōmoku (山水草木), que representa montañas, aguas, hierbas y árboles, reflejando la totalidad del mundo natural. Las obras de arte buscan capturar no motivos aislados, sino más bien el orden cósmico donde cada trazo conecta nuestra naturaleza humana con el latido universal. Las piezas son creaciones de los estudiantes del taller de sumi-e dirigido por Maite Molina.
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